Diversas organizaciones civiles y redes de bancos de alimentos advirtieron que el desperdicio de alimentos se intensifica de manera significativa durante las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, con efectos que trascienden lo social, ambiental y económico. El fenómeno pone en evidencia las contradicciones entre la abundancia de las mesas festivas y la persistente inseguridad alimentaria que enfrenta una parte de la población.
Las alertas se producen en el marco de la temporada de fin de año, cuando las compras excesivas y la preparación de grandes cantidades de comida aumentan la cantidad de alimentos que terminan en los desechos en lugar de ser consumidos o redistribuidos. El desperdicio de comida en estas fechas no solo implica pérdidas de productos alimenticios, sino también el desperdicio de recursos naturales y económicos utilizados en su producción y transporte.
En México, representantes de bancos de alimentos señalaron que durante la temporada decembrina el desperdicio puede incrementarse hasta en un 40 % respecto al resto del año, mientras que cifras generales sobre residuos destacan aumentos de hasta 25 % en la generación de basura en los hogares durante las festividades.
El problema tiene diversas aristas: desde el impacto social de desechar alimentos en un contexto donde millones enfrentan carencias alimentarias, hasta el impacto ambiental derivado de la producción, transporte y desecho de los alimentos. Cada kilo desperdiciado representa agua, energía y otros insumos que se pierden en cadena, y que además contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero cuando los residuos orgánicos se descomponen en vertederos.
Para enfrentar este desafío, las organizaciones impulsan campañas de consumo responsable y promoción de prácticas que eviten la sobrecompra, fomenten la donación de excedentes y mejoren la gestión de alimentos no consumidos. En algunos casos, bancos de alimentos y colectas organizadas logran recuperar una proporción significativa de productos perecederos en centros de abastecimiento, redistribuyéndolos entre comunidades vulnerables.
Activistas y expertos instan a que estas prácticas de consumo responsable no queden limitadas a las fiestas, sino que se integren como hábitos permanentes para reducir los impactos ambientales y sociales del desperdicio alimentario a lo largo del año.



