Científicos y especialistas en medio ambiente alertan que los químicos permanentes, también conocidos como sustancias extremadamente persistentes, no se diluyen ni desaparecen en los océanos como se creía tradicionalmente. Estas sustancias, presentes en productos industriales y de consumo cotidiano, permanecen en el agua, sedimentos y organismos marinos durante décadas, planteando riesgos crecientes para los ecosistemas y la salud humana.
El análisis de muestras marinas en diversas regiones del mundo ha demostrado que compuestos como los perfluoroalquilados y polifluoroalquilados (PFAS), ampliamente utilizados en productos impermeables, espumas contra incendios, envases y textiles, se acumulan en el ambiente marino y no se degradan de forma natural. Su persistencia convierte a los océanos en reservorios de químicos que pueden transportar toxinas a lo largo de cadenas alimentarias complejas.
Especialistas señalan que esta característica contrasta con la creencia de que los océanos, por su vastedad, diluyen las sustancias químicas hasta niveles inocuos. En cambio, los datos científicos muestran que ciertos contaminantes permanecen intactos durante años, se adhieren a partículas orgánicas y pueden ser ingeridos por organismos marinos, desde plancton hasta peces de gran tamaño.
La presencia de estos químicos permanentes en ambientes oceánicos es motivo de preocupación porque se asocian con efectos adversos en la biología de especies marinas, incluyendo alteraciones endocrinas, daños reproductivos y mayor susceptibilidad a enfermedades. Estos impactos no solo afectan la biodiversidad, sino que también pueden propagarse hacia los seres humanos a través del consumo de mariscos y pescado contaminados.
Además de los problemas biológicos, estas sustancias plantean retos importantes para la gestión ambiental. Su estabilidad química dificulta los esfuerzos de remediación y exige enfoques más preventivos, como la reducción de su uso en productos industriales y de consumo, así como una regulación más estricta a nivel mundial.
Organizaciones ambientales y expertos en salud pública insisten en la necesidad de una cooperación internacional para abordar la contaminación por químicos permanentes. Esto implica no solo monitorear sus niveles en los océanos, sino también desarrollar alternativas más seguras y prácticas de producción que minimicen la liberación de estas sustancias al ambiente.
El reconocimiento de que los océanos no diluyen estas sustancias químicas plantea una llamada de atención urgente: la protección de los ecosistemas marinos y la salud humana requiere medidas más amplias, innovadoras y coordinadas que vayan más allá del tratamiento tradicional de residuos y enfoques reactivos. Sin acciones concretas, la acumulación continua de químicos permanentes podría comprometer la resiliencia de los océanos y la seguridad alimentaria global en las próximas décadas.



