Diversos análisis realizados en México muestran que el impuesto especial aplicado a bebidas azucaradas y cigarrillos no ha logrado modificar de manera significativa los hábitos de consumo de la población, a pesar de haber sido implementado como una medida de salud pública para reducir problemas como la obesidad, la diabetes y enfermedades asociadas al tabaquismo.
El gravamen, que se aplica desde varios años atrás con la intención de desalentar el consumo de productos con impactos negativos para la salud, ha generado un aumento en el precio final de refrescos y tabaco en el mercado. Sin embargo, los datos disponibles indican que los niveles de consumo de estos productos se han mantenido relativamente estables, incluso entre los sectores de la población que serían más propensos a responder a cambios de precio.
Una de las razones detrás de esta continuidad en el comportamiento de los consumidores es que los impuestos no han sido suficientemente altos como para agotar la demanda. Si bien el alza en el precio puede desalentar a algunos compradores ocasionales, para muchos el ajuste no ha sido lo suficientemente disuasorio como para modificar rutinas o preferencias consolidadas. Esto es especialmente notable en contextos donde el consumo de refrescos y tabaco está profundamente arraigado en hábitos sociales y culturales.
Además, el efecto total de este tipo de impuestos se ve influido por la elasticidad del producto y por factores económicos más amplios, como el ingreso disponible de los hogares y las estrategias de consumo sustituto. Por ejemplo, en el caso de las bebidas azucaradas, algunos estudios señalan que los consumidores han optado por cambiar de marca o tamaño de envase, en lugar de disminuir el consumo general. En el caso de los cigarros, la adicción y la falta de alternativas percibidas también han limitado la respuesta a los incentivos fiscales.
Otro elemento observado es que los recursos recaudados por estos impuestos no siempre se han destinado de manera específica a programas de promoción de la salud o educación sobre estilos de vida saludables, lo que podría haber potenciando el impacto esperado de la medida. La asignación de los ingresos fiscales a estrategias de prevención y orientación nutricional es vista por especialistas como un componente crucial si se busca un cambio real en los hábitos de consumo.
En contraste, los defensores de la medida señalan que el impuesto sí ha generado sustituciones hacia opciones con menor contenido de azúcar o hacia productos menos nocivos, aunque estos cambios todavía no se reflejan en tendencias claras a nivel poblacional. La evidencia sugiere que los impuestos pueden incidir más cuando forman parte de un paquete integral de políticas de salud pública, incluyendo educación nutricional, regulación de marketing y promoción de opciones más saludables.
En resumen, aunque el impuesto a refrescos y cigarros ha contribuido a crear incentivos económicos para disminuir el uso de estos productos, su impacto sobre los hábitos de consumo ha sido limitado y aún no alcanza niveles que se traduzcan en efectos contundentes de salud pública. Esto abre el debate sobre la necesidad de políticas más integrales y coordinadas que acompañen estas medidas tributarias con acciones educativas, regulatorias y de acceso a alternativas saludables para promover cambios de comportamiento más sostenidos.



