Por Luis Felipe Martí Borbolla
Profesor de Factor Humano en IPADE Business School
En un entorno empresarial marcado por la presión de resultados, la incertidumbre y la sofisticación técnica, la ética suele reducirse -erróneamente- a códigos de conducta o listas de cumplimiento. Sin embargo, la ética del líder es algo mucho más profundo: una forma de ser que orienta todas las decisiones directivas.
Uno de los pilares centrales del liderazgo ético es el principio fiduciario. Entender la empresa como un fideicomiso implica reconocer que el director o la directora no son propietarios absolutos, sino administradores responsables de un conjunto de bienes tangibles e intangibles. Su tarea es gestionarlos en beneficio de los fideicomisarios -accionistas-, pero también de todos los stakeholders: colaboradores, clientes, proveedores y la comunidad donde opera la organización.
Este enfoque trasciende lo financiero. El principio fiduciario también aplica a la vida personal: toda relación humana genera un bien común que debe ser cuidado. En ambos casos, la clave es la responsabilidad, no la apropiación.
Un componente esencial de este principio es la veracidad: atenerse a la realidad, profundizar la verdad, defenderla y difundirla. Cuando esto se rompe, aparece lo que Carlos Llano y Héctor Zagal identifican como el mito de Jano: la doble cara, la doble moral, la contabilidad creativa o los dobles estándares. Estas prácticas terminan fracturando a las organizaciones y deteriorando la confianza a largo plazo.
Otro riesgo frecuente es el mito de Hércules: pensar que la ética se limita a cumplir tareas aisladas o a pasar auditorías morales. La ética no es un prontuario; es un mindset. Está más relacionado con el ser, que con el hacer o el saber. De manera similar, el mito de Vulcano advierte sobre reducir la ética a una técnica. Aunque la eficiencia exige dominio técnico, la tecnología necesita de la ética para orientarse, así como la ética necesita de la técnica para expandirse, ya que hacer un trabajo sin el conocimiento técnico está totalmente falto de ética.
A ello se suma el mito de Prometeo: creer que el fin justifica los medios. Incluso una intención buena puede derivar en consecuencias éticamente inaceptables si los medios utilizados son incorrectos.
Para sintetizar estos principios, propongo el acrónimo APRECIES, inspirado en Fundamentos éticos de la empresa de Juan Elegido:
- A – Abstención del daño: no causar daño directo e intencional a personas.
- P – Papel: asumir con coherencia el rol directivo y desarrollarlo hasta formar carácter.
- R – Racionalidad: decidir con base en hechos, alternativas y deliberación.
- E – Eficiencia: conocer la técnica y orientarla con ética.
- C – Cooperación al mal inexistente: no participar en estructuras éticamente dañinas.
- I – Imparcialidad: evitar conflictos de interés.
- E – Efectos colaterales: asegurar proporcionalidad entre fines y consecuencias.
- S – Solidaridad: actuar en favor de todos los beneficiarios del fideicomiso empresarial.
Finalmente, la ética no está reñida con la creatividad. Al contrario, la disciplina, los hábitos y la constancia generan una creatividad acumulativa: innovaciones incrementales que, con el tiempo, elevan la calidad y el impacto de las decisiones. Así, la ética bien entendida no frena el crecimiento; lo hace sostenible.
En una lógica genuina de ganar-ganar, cuando el liderazgo se ejerce desde el principio fiduciario, ganan los accionistas, ganan los colaboradores y gana la sociedad. Esa es la verdadera medida del éxito directivo.



