Por Fernando Nuñez
El orden liberal internacional en el que todos nosotros hemos vivido se agrieta. Conforme pasa el tiempo, crece el muestrario de pruebas en ese sentido, y el Foro Económico Mundial fue una de las últimas en incorporarse. El Foro de los ricos y poderosos, que tendía a reflejar la unidad de las élites internacionales, se convirtió este año en un ejemplo vivo de un mundo cada vez más dividido y enfrentado.
“Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, declaró el primer ministro de Canadá, Mark Carney.
“Nos encaminamos a un mundo sin reglas”, afirmó el presidente de Francia, Emmanuel Macron.
Incluso Alemania, que tanto se adhirió al orden creado por Estados Unidos, que veía al hegemón estadounidense como un padre, que tan reacio se había mostrado a rearmarse, afirmó, en palabras de su canciller, Friedrich Merz: “El viejo orden mundial se está desmoronando a un ritmo vertiginoso. Hemos entrado en una era de política de grandes potencias”. La esperanza consistía en que la primera elección de Donald Trump fuese eso: solo una elección, una excepción, un error de cálculo político del electorado estadounidense. Pero una segunda elección marca ya una tendencia, un enojo más profundo con el estado de las cosas en Estados Unidos y con su papel en el mundo. Y si el hegemón tiene serios problemas de desarmonía interna, todos sentiremos sus consecuencias, en mayor o menor medida.
La columna vertebral del orden liberal internacional no radicaba en las instituciones internacionales ni en el poderío militar estadounidense, sino en las alianzas que Estados Unidos estableció alrededor del mundo. Como comenta el intelectual estadounidense Fareed Zakaria, históricamente las potencias han tendido a abusar de su poder, lo que ha provocado el surgimiento de coaliciones que actúan como contrapeso. Lo vemos, incluso hoy, en Occidente, donde los países de Europa del Este se unieron a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ante el miedo al poderío ruso; o en Asia, donde innumerables países desean fortalecer sus lazos militares y económicos con Estados Unidos ante las agresivas políticas de China. Sin embargo, la historia de Estados Unidos en ese sentido es casi una excepción histórica, al contar con un gran número de países en el mundo -incluidos sus vecinos, México y Canadá- que solo desean ampliar y profundizar sus relaciones con el hegemón mundial. Más aún, Estados Unidos ha impulsado reglas e instituciones que constriñen y regulan las relaciones internacionales, las cuales son también aplicables a su propio autor.
Sin embargo, lo sucedido en Venezuela es un claro ejemplo del mundo en el que podríamos adentrarnos. Algunos podrán celebrar la caída del dictador venezolano ante las penurias que ha dejado a su país, pero las repercusiones a mediano y largo plazo bien podrían ser lamentables. Porque lo hecho por Estados Unidos va claramente en contra del derecho internacional, ha provocado altas dosis de incertidumbre y las potencias autocráticas podrían entrever un permiso para hacer lo mismo. La nueva fundamentación -argumentan algunos- es una de esferas de influencia: Europa para Rusia, Asia para China y el continente americano para Estados Unidos. No obstante, la historia demuestra que las esferas de influencia nunca funcionan ante lo interconectado del mundo, el desafío que podría surgir de las potencias medias y la falta de control efectivo.
El peligro es adentrarnos en un mundo donde la lógica del más fuerte impere, donde la moral y el derecho no tengan voz alguna.
En ese mundo, podemos escuchar el eco de las palabras de los atenienses, pronunciadas hace más de dos mil años: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
El orden liberal internacional queda gradualmente en el espejo del retrovisor. Inevitablemente, el mundo atravesará inestabilidad y dificultades mientras se forja un nuevo y relativo orden global. Es en este mundo que México tendrá que navegar y competir, y nuestra mejor apuesta debe ser un Estado democrático y fortalecido, con diversificación comercial, aunque, finalmente, vinculado a la región de América del Norte.


