La Science Based Targets initiative actualizó el 29 de abril su metodología de Absolute Contraction Approach, el sistema que usan las empresas para calcular sus metas absolutas de reducción de emisiones bajo el estándar corporativo vigente. El cambio aplica de inmediato para compañías que fijan objetivos en 2026 y 2027 y busca corregir un problema que la propia organización ya identificaba: conforme avanzaba la década, las reducciones exigidas en el corto plazo se volvían cada vez más difíciles de alcanzar para empresas que entraban tarde al proceso.
La modificación no cambia la obligación de llegar a cero emisiones netas en 2050 o antes, ni elimina el piso mínimo de 4.2% de reducción anual entre año base y año meta. Lo que sí cambia es la forma de repartir ese esfuerzo en el tiempo. SBTi sostiene que el nuevo cálculo distribuye mejor las reducciones a lo largo de toda la ruta hacia 2050, en lugar de concentrarlas de forma excesiva en la ventana previa a 2030.
El ajuste, sin embargo, ya abrió discusión fuera de la organización. De acuerdo con consultores citados por Trellis, para empresas que tomen 2025 como año base, una meta que antes implicaba alrededor de 42% de reducción en emisiones de Alcance 1 y 2 hacia 2030 podría bajar a 21% en algunos casos. En Alcance 3, el recorte mínimo pasaría de más de 20% a cerca de 15%. Esa diferencia es la que está empujando la conversación sobre si el nuevo marco mantiene la misma ambición climática o si, en los hechos, la está relajando.
SBTi defiende el cambio como una corrección técnica, no como una rebaja de exigencia. En su explicación oficial, señala que el método anterior había sido diseñado para fijar objetivos en los primeros años de la década y que, aplicado ahora, estaba generando tasas “prohibitivas” para empresas que entraban al sistema más tarde. También subraya que los objetivos ya validados bajo la metodología anterior siguen siendo válidos y no serán modificados retroactivamente.
Ahí aparece otro punto sensible. Las compañías que ya presentaron o validaron metas con las reglas previas no podrán beneficiarse de este ajuste, mientras que quienes entren ahora sí lo harán. Trellis recoge justamente esa molestia entre consultores y empresas que ya habían cerrado objetivos más duros después de procesos internos complejos. Además, cuestiona que el cambio se hubiera comunicado primero por correo a ciertos actores y que el anuncio público llegara después.
La discusión de fondo está en la ciencia. El propio debate recogido por Trellis recuerda que la trayectoria compatible con 1.5°C exige una caída global de alrededor de 43% de emisiones para 2030, según la referencia usada por el IPCC. Por eso, aunque SBTi insista en que la ambición general no cambió, el hecho de permitir menores reducciones en esta primera etapa vuelve inevitable la pregunta sobre cuánto se desplaza el esfuerzo hacia años posteriores.
En los hechos, lo que hizo SBTi fue mover el eje de la discusión. Antes, el problema era que muchas empresas no podían entrar al sistema porque las metas de corto plazo ya les parecían demasiado empinadas. Ahora, el problema pasa a ser otro: si las metas son más alcanzables, habrá más empresas dentro del marco, pero también más presión para demostrar que esa mayor flexibilidad no termina debilitando la credibilidad climática del estándar.



