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Resiliencia: Ser junco o ser roble

POR JORGE ARTURO LLAGUNO SAÑUDO

La crisis hoy ha puesto a múltiples empresas al borde de la quiebra. Quisieran ser robles, sin darse cuenta de que otras, que eran robles, quisieran ahora ser juncos.

Había una vez un enorme y frondoso roble que crecía a la orilla de un ancho río. Esbeltos juncos crecían bajo su amplia sombra y se mecían suavemente con el viento. Llegó el día de esa tormenta que azota al mundo una vez en cada generación. El viento soplaba con tal fiereza que el agua parecía caer de lado, y mantenía a los juncos aplastados al piso, indefensos. Las frondosas ramas del roble se agitaban ante el embate de la tormenta, hasta que el tronco del gran roble se resquebrajó y cayó al suelo con un gran estruendo.

Al día siguiente, cuando el sol iluminó el río, los pastizales y los juncos seguían ahí, erguidos, meciéndose de nuevo con suavidad. El roble, en cambio, yacía inerte en el suelo.

El mundo hoy se encuentra a la mitad de la tormenta. Si bien la contingencia de salud parece ya acercarse a su fin, un año de actividades económicas limitadas o suspendidas, augura aún un 2021 complejo, retador y en algunos casos, francamente tormentoso. Conviene quizá reflexionar un momento sobre el cuento y esas dos virtudes que se exponen: la Fortaleza y la Resiliencia. Emparentadas, complementarias, y acaso muy necesarias ante los meses que siguen.

La virtud de la Fortaleza, como la aborda Aristóteles, se expresa en dos vías: acometer y resistir. Acometer es enfrentar retos y pelear las batallas que valen la pena ser peleadas. Resistir es el soportar con entereza los reveses y las pruebas de la vida, aceptar los sufrimientos como algo que nos transforma, pero que no nos determina. La Resiliencia es un término que la psicología adoptó de la tecnología de materiales y que describe la capacidad de recuperación: regresar a un estado original, después de haber padecido la aplicación de una fuerza externa.

Algunos académicos opinan que la resiliencia se encuentra implícita en la fortaleza, dentro de su expresión de resistencia. Otros prefieren distinguirlas pues en su expresión original, la fortaleza se identificaba con esta “indeformabilidad” ante el entorno: las personas fuertes “no se achican”, “no ceden ante el temor” y otras concepciones similares. La resiliencia en cambio habla de haber sufrido modificaciones, pero ser capaz de remontarlas.

El roble al inicio del cuento es la expresión de la fortaleza clásica: inmutable ante los embates que la naturaleza le ha puesto, su fuerza y tamaño proveen seguridad y confort a quienes se cobijan bajo su sombra. Pero esa fortaleza se ha convertido en rigidez, en la incapacidad de adaptarse a condiciones extremas. Algunas empresas han crecido a lo largo de los años como robles: enormes estructuras fuertes, rígidas, que soportan los vaivenes ordinarios de la economía y se ven a sí mismas como inmutables. Hasta que una tormenta que sale por completo de lo ordinario las pone en jaque.

Los juncos en cambio, al inicio expresan la carencia de fortaleza que derrocha el roble: se mueven ante la más ligera brisa, son aplastados por los animales que bajan a beber, son seres frágiles e indefensos… o así parece, hasta que la terrible tormenta azota la región. Es entonces que su fragilidad se torna en fortaleza: su flexibilidad les permite plegarse ante la furia del viento, y recuperar posteriormente su forma original. No se han vuelto fuertes. Han sido resilientes.

Las empresas pequeñas son de ordinario como los juncos: flexibles, rápidas para adaptarse y rápidas para regresar. Por supuesto que son frágiles ante golpes directos de la economía, pero por lo mismo, pueden también reinventarse de maneras más contundentes que las de empresas más grandes y pesadas. La crisis hoy ha puesto a múltiples empresas al borde de la quiebra. Quisieran ser robles, sin darse cuenta de que otras, que eran robles, quisieran ahora ser juncos. Lo importante hoy no es la cantidad de recursos con los que se contaba antes de la pandemia, sino la forma en que dichos recursos son utilizados ante las nuevas realidades: saber aprovechar los talentos de mi gente de formas nuevas, saber aproximar mi ofertas de valor al mercado de maneras creativas, son expresiones de fortaleza y también de resiliencia. Fortaleza es acometer y resistir: como el roble, aprovechar las situaciones originales para crecer y hacer fuerte a nuestra estructura.

Resiliencia es recuperación: como los juncos, abrazar nuestra flexibilidad ahora que los tiempos lo exigen. Dice un viejo adagio “árbol que crece torcido, nunca su rama endereza”, lo cual es completamente cierto… para los árboles. Las personas tenemos la oportunidad de no ser sólo robles o juncos, sino ambos. Fuertes y Resilientes

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