Dirigir con responsabilidad en tiempos de la IA: una reflexión desde Magnifica Humanitas

Por Alejandro Salcedo-Romo.

Profesor del Área de Factor Humano en IPADE Business School

Nos encontramos en medio de la revolución digital, lo que hace que la rapidez y la eficiencia se vuelvan un foco predominante -sí, aún más- dentro de la empresa, con una sensación de ir siempre tarde respecto a los nuevos desarrollos, herramientas, skills y metodologías. Hay todo tipo de planteamientos innovadores sobre la mesa de consejo, en medio de las charlas de la alta dirección y, por supuesto, dentro de las escuelas de negocios. Precisamente por esto, creo que es necesario ralentizar el tiempo y calibrar el enfoque, especialmente en el quehacer directivo.

Resulta un momento excepcional para detenernos a hacernos preguntas originales, en el sentido más radical de la palabra, lo que implica voltear al origen. La primera encíclica del Papa León XIV es precisamente un espacio para pausar y tomar perspectiva, para voltear a ver a lo más original y radical dentro de esta revolución y cualquier otra: la persona. Reflexión que no es ajena para el quehacer directivo pues, como recordaba Carlos Llano, toda empresa es ante todo comunidad de personas.

La pregunta central de Magnifica Humanitas no es tecnológica, es antropológica: ¿qué estamos construyendo, y con qué visión del ser humano lo hacemos? Para plantearla, León XIV recurre a dos imágenes del Antiguo Testamento. La primera es Babel: una construcción que no era mala por ser grandiosa, sino por haberse levantado sin referencia a nada más grande que ella misma, aplastando la diversidad y traduciendo todo -incluso el misterio de la persona- en rendimiento. El Papa lo llama el síndrome de Babel: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único -incluso digital- capaz de traducirlo todo» (n. 10). La segunda imagen es la reconstrucción de Jerusalén bajo Nehemías: un líder que no impone soluciones desde arriba, que convoca a su gente, asigna a cada uno su tramo de muralla y reconstruye vínculos antes que piedras (n. 8).

El contraste no está en la actitud hacia la tecnología. Está en si la persona y su vocación relacional permanecen en el centro o son desplazadas por la lógica de la eficiencia. Esa elección no la hace el mercado ni los algoritmos. La hace cada directivo, cada vez que decide qué mide, qué ignora y a qué llama progreso.

Lo que está en juego

En el número 100, el Papa identifica tres riesgos concretos del uso personal de la IA que me parecen especialmente relevantes para quien dirige. El primero: la velocidad con que estos sistemas generan respuestas puede acostumbrarnos a delegar el juicio, «debilitando el juicio personal y la creatividad». Un directivo que delega su criterio a un algoritmo no está siendo más eficiente. Está cediendo lo que lo hace irreemplazable.

El segundo es la impresión de objetividad. Las respuestas de la IA reflejan los parámetros culturales de quienes la diseñaron, con todas sus virtudes y sus límites. Asumir su neutralidad es una forma de abdicar el criterio propio, precisamente el criterio que la organización necesita en los momentos que importan.

El tercero es el más hondo: la simulación de la comunicación humana. «El riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro» (n. 100). Cuando en el quehacer directivo se pierde el deseo de buscar al otro -al colaborador, al cliente, al socio, a los stakeholders-, la comunidad que sostiene a la empresa empieza a vaciarse por dentro.

Perspectiva, criterio y servicio a la persona

Frente a este panorama, Magnifica Humanitas no propone un freno a la innovación. Propone un orden. «El ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite», dice el número 118. Viktor Frankl lo señaló desde otra trinchera: lo que define al ser humano no son sus capacidades sino su libertad para dar sentido incluso en las condiciones más adversas. Aceptar ese límite no es una debilidad directiva -es lo que hace posibles las tres cosas que la revolución digital más amenaza: la perspectiva, el criterio y el vínculo. Los tres requieren resistir la presión de la inmediatez: tomarse el tiempo que el juicio necesita para madurar, cuestionar la respuesta que llega demasiado fácil, sostener la incomodidad del encuentro real con el otro.

Para el directivo, esto se traduce en exigencias concretas. Perspectiva por encima de velocidad: la aceleración digital es un dato del entorno, no un valor en sí mismo. Criterio por encima de respuesta fácil: «el discernimiento ético -dice el número 104- debe interrogarse sobre qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que usamos». No basta con que la herramienta funcione. Hay que saber para qué sirve y a quién sirve. Y poner estas herramientas al servicio de toda la persona y de todas las personas, no al revés.

León XIV retoma una pregunta de Juan Pablo II que funciona como criterio último: ¿la IA hace la vida del ser humano más humana, más digna? Si la respuesta es sí, la herramienta tiene sentido. Si el poder crece mientras los vínculos se rompen, estamos construyendo Babel.

Magnifica Humanitas no es un documento para teólogos. Es un documento para quienes dirigen — para la mujer y el hombre de empresa que se toman en serio su responsabilidad ante las personas que dependen de sus decisiones. Para quienes entienden que poner a la persona en el centro no es un eslogan de reporte de sostenibilidad, sino la condición de cualquier empresa que aspire a perdurar. Para ellos, no es una lectura recomendable. Es una lectura necesaria.

León XIV, Magnifica Humanitas, Ciudad del Vaticano, 2026.

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