Una reflexión a diez años de su firma
El 12 de diciembre de 2015, el Acuerdo de París fue firmado por 193 naciones junto con la Unión Europea durante la Conferencia de las Partes (COP21) en París. Este tratado se destacó como un esfuerzo global para combatir la crisis climática, el Acuerdo delineó objetivos específicos: mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 2 °C en comparación con los niveles preindustriales, con el objetivo adicional de limitarlo a 1.5 °C. Para lograrlo, se requería que cada país presentara sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), enfocándose también en la adaptación al cambio climático.
Los últimos años, en particular del 2015 al 2025, han sido los más cálidos jamás registrados. La Organización Meteorológica Mundial ha reportado que 2024 será recordado como el año donde la temperatura media global superó el umbral de 1.5 °C por primera vez.
Los resultados del Acuerdo de París no deben ser considerados como un fracaso. Sin este tratado, la situación climática sería mucho más grave. La lentitud en la implementación de políticas, aunque criticada, se considera necesaria, ya que los cambios en el sistema climático requieren tiempo. Cada año sin acción intensifica la magnitud de los problemas climáticos que enfrentaremos en el futuro.
Para que el Acuerdo de París cumpla con sus objetivos, será fundamental mantener la cooperación internacional y acelerar la transición hacia una economía baja en carbono, donde todos los actores, desde gobiernos hasta ciudadanos, desempeñen un papel activo en la lucha contra el cambio climático.
La 30.ª edición de la conferencia climática de la ONU (COP30), celebrada en Belém, Brasil, terminó sin que los países firmantes adoptaran un compromiso explícito para abandonar el uso de combustibles fósiles. En los acuerdos finales -resultado de intensas negociaciones que se extendieron hasta altas horas de la noche- se omitió una hoja de ruta global para dejar atrás petróleo, gas y carbón, un punto que había generado expectativa tras los avances logrados en la COP28.
El documento aprobado, conocido como “Mutirão Global”, prioriza mecanismos de adaptación al cambio climático, planes de financiamiento y una serie de medidas voluntarias en materia ambiental. Sin embargo, la ausencia de una mención clara al fin de los combustibles fósiles dejó un sabor agridulce entre muchos países, organizaciones ambientales y parte de la comunidad internacional, que esperaban un paso firme hacia la mitigación del cambio climático.
Las conversaciones sobre la eliminación gradual de hidrocarburos fueron, de hecho, el eje más controvertido durante toda la cumbre. Países con economías dependientes del petróleo, apoyados por otros con fuerte producción de gas y carbón, lograron bloquear el consenso. Este bloque impidió que se adoptara un calendario vinculante para la transición energética.
Pese a los retrocesos, la COP30 sí logró algunos avances, especialmente en materia de adaptación al cambio climático y financiamiento para países vulnerables. Se acordó un aumento considerable de los fondos destinados a ese fin y se aprobaron una serie de indicadores e instrumentos de apoyo. Pero para quienes seguían de cerca las negociaciones, esos avances quedan cortos: sin una ruta clara para dejar los combustibles fósiles, muchos consideran que la cumbre perdió la oportunidad de enviar una señal fuerte en un momento crítico para la crisis global.
El resultado deja abierta la posibilidad de que surjan coaliciones de países que, de forma independiente al acuerdo global, impulsen sus propias estrategias de descarbonización. Mientras tanto, la presión sobre los combustibles fósiles, el debate sobre justicia climática y la urgencia de acciones efectivas continúan en el centro del debate mundial.



