Por Carlos Medina, Psicólogo de Empresarios
En 2014, dos investigadores siguieron a 6,000 adultos durante 14 años para demostrar que “vivir con propósito” no era cosa de ancianos con barba blanca sentados al pie de un árbol, sino un elemento que acompaña el vector de la vida adulta.
Lo que encontraron fue que las personas con propósito claro tenían 2.4 veces menos probabilidad de morir que las que no lo tenían. Controlaron edad, ejercicio, tabaquismo y depresión. El propósito seguía pesando en los resultados.
“Vive con propósito”. Ya sé que suena a frase de influencer que no pasó del primer capítulo de El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl. Y vaya que el libro es cortito.
Pero la realidad es que este estudio demostró que no es una frase cliché de podcast motivacional. Es biología pura.
¿Y a ti qué te importa todo esto?
Resulta que a ti, como a la mayoría, te entrenaron para ejecutar sin preguntarte cuál era el fondo.
En la casa: trabaja duro, sé responsable, cumple.
En la universidad: finanzas, operaciones, estrategia.
Saliste con herramientas para construir un negocio rentable. Y lo lograste.
Nadie te entrenó para responder la única pregunta que tu cuerpo, tarde o temprano, te va a cobrar:
¿Para qué demonios haces todo esto, más allá del dinero?
Si no tienes una respuesta inmediata que salga de todas las células que componen tu ser, este artículo es para ti.
De Milton Friedman a Paul Polman
El empresario tradicional viene operando desde un paradigma homogéneo: crecer, ganar, generar riqueza, crear empleos.
Milton Friedman dijo en 1970 lo que enseñan en todas las escuelas de negocios: “La responsabilidad social de los negocios es incrementar sus ganancias”.
No estaba mal. De hecho, fue el modelo válido de su época y, en parte, lo sigue siendo.
Pero se ha pagado un precio por omitir una capa más profunda que habita en el ser humano que fundó la empresa. Porque eres una persona, no una razón social.
Cuando Paul Polman fue nombrado CEO de Unilever, llegó con una tesis que el mercado consideró una herejía en su momento:
“Las empresas están aquí para servir a la sociedad. Esa es la única forma sostenible de mantener tu licencia para operar”.
No fue muy popular entre algunos shareholders. De hecho, se hizo de una buena cantidad de enemigos entre inversionistas. Eso es carácter.
Para demostrarlo, desafió la presión del corto plazo que la codicia corporativa suele buscar. Lo que vino después no fue romanticismo ni discurso greenwash, sino evidencia: en una década, la compañía multiplicó su valor en bolsa y entregó un retorno total acumulado cercano al 290% a sus accionistas.
¿El secreto?
Las marcas con un propósito claro crecieron 69% más rápido que el resto del portafolio.
Polman no sacrificó rentabilidad por propósito. Fue más audaz: demostró que el impacto social puede ser motor de rentabilidad superior.
Básicamente, mandó a Friedman “pa’ la banca”.
El estudio de Patrick Hill y Nicholas Turiano, del que hablo al inicio de este artículo, publicado en Psychological Science, lo confirmó desde la biología: el propósito no es decoración filosófica cosmética. Es un factor de supervivencia.
Tu empresa puede matarte o salvarte. Depende de cómo integras la búsqueda de beneficio mercantil con la búsqueda de propósito.
Cuarentones, exitosos, vacíos
Yo soy espectador en primera fila de todos estos fenómenos desde mi consultorio.
Empecé a notar un patrón hace unos años en empresarios de entre 40 y 50 años. Exitosos sin discusión. Con todos los indicadores que nuestro amigo Milton Friedman mencionaría como indicadores de éxito empresarial. Pero, contradictoriamente, se sentían vacíos.
“Carlos, tengo todo lo que quería tener. Y no sé por qué me siento así. Hasta mal me siento de no poder experimentar plenitud si tengo todo lo que pudiera una persona como yo desear.”
No era depresión.
No era burnout.
Era algo clínicamente más profundo.
Estos empresarios fueron entrenados para el crecimiento mercantil a toda costa. Salieron con herramientas para construir negocios rentables. Y lo lograron. Pero nadie los entrenó para responder:
¿Para qué hago todo esto, más allá del dinero?
Esa pregunta parecía un juicio mental del que comenzaban a huir. Algo que podías resolver después, cuando tuvieras 79 años. Pero el sentimiento se hacía más fuerte.
Eventualmente, tu ser reclama esa respuesta. No como frase para decir en una conferencia de Coparmex, sino como necesidad psicológica que necesitas resolver para ti mismo.
Abraham Maslow empezó a mapear todo esto desde 1943. En la base: fisiología, seguridad, pertenencia. En la cima: autorrealización.
La mayoría de estos empresarios había resuelto los niveles inferiores. Habían llegado a estima social, respeto, logro, estatus. Pero se estancaron ahí. La autorrealización seguía siendo territorio pendiente.
Lo que más me llama la atención es que muchos construyeron empresas exitosas haciendo cosas que nunca eligieron realmente.
El caso más común es que heredaron el negocio familiar, como muchos mexicanos. O eligieron una industria porque “ahí estaban el dinero y los contactos”.
Funcionó por años, mientras crecían como empresarios. Pero muchos comenzaron a preguntarse por qué hacían lo que hacían al llegar a los 40.
Lo que experimentaban era una desalineación profunda entre quiénes eran y qué hacían todos los días.
Y esto no sorprende. La identidad del ser humano evoluciona a lo largo de la vida. Aquello que te movía a los 29, cuando comenzaste, no es lo mismo que te mueve a los 49.
Lo que les sucedía a esos pacientes no era una crisis pasajera. Era una factura existencial para la cual no tenían fondos con qué pagar.
Les había llegado la hora, existencialmente hablando: no podían responder para qué seguían haciendo todo esto, más allá del dinero.
Ese momento llega para todo empresario que construyó una organización sin propósito.
Puedes huirle un rato. Pero si eres una persona funcional, la ausencia de propósito llegará a pedirte cuentas.
Y cuando llega, ya no se calla con otra adquisición, otro viaje, otro cero en la cuenta, ni con un reconocimiento de la cámara a la que estás afiliado.
Te lo cobra el cuerpo.
Te lo cobra la mente.
O te lo cobran tus relaciones.
Pero te lo cobra.
Encuentra tu propósito
No se trata de cambiar de negocio. Se trata de encontrar el propósito dentro de lo que ya haces.
El que dirige una fábrica de tornillos puede verlo como “vendo tornillos” o como “permito que la infraestructura de mi país se sostenga de forma segura”.
Cuando me toca encontrar el propósito dentro de una organización, siempre, 10 de 10, encontramos ese lado virtuoso de por qué existe tu empresa.
Para tu equipo, y para ti, es otro boleto trabajar cuando ya identifican eso. Le encuentran sentido, y eso les da fuerza para navegar obstáculos.
El propósito se trata de replantear la narrativa de por qué existe tu empresa, no de manera superficial, sino desde el fondo.
Debe ser genuino.
Debe anclarse a tus valores reales.
Y debe reflejarse en conductas y en la forma en que generas valor para la sociedad.
Lo mercantil es necesario para sobrevivir, eso no lo vamos a discutir. La rentabilidad mantiene las puertas abiertas.
Pero si eso es todo, si la única respuesta a “¿por qué hago esto?” es “para ganar dinero”, la ciencia ya te mostró el costo.
No es moral.
Es biológico.
Date permiso para que esas preguntas existan sin que tu rol esté en juego, porque no lo está. Es un acto de evolución personal.
¿Cuál es tu motivo, más allá del dinero, por el que haces esto todos los días?
Tu respuesta te dará más años para disfrutar lo que construiste.
Abrazo.
Carlos Medina
Psicólogo de empresarios
www.psicologocarlosmedina.com



