El Foro de Davos

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Brújula empresarial para un mundo complicado

Por Fernando Núñez de la Garza Evia

Maestro en Ciencia

Política por la Universidad de Columbia

Terminó una edición más del Foro Económico Mundial, la reunión anual por excelencia de las élites mundiales. Celebrado en Davos, el asentamiento europeo más elevado del viejo continente, tres mil líderes se juntaron para discutir el presente y futuro dela humanidad. Y, precisamente por la diversidad de temas y los expertos que convoca el evento es que este se convierte, año con año, en una guía para mejor navegar en un mundo crecientemente complicado.

El Foro de Davos tiene sus orígenes en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Como comenta el intelectual estadounidense Walter Russell Mead, los políticos conservadores germanos lo fundaron para mejor coordinar los esfuerzos de los sectores público y privado y evitar así la llegada al poder del comunismo y la derecha populista. El acuerdo básico consistió en que “las grandes empresas trabajarían con el gobierno para lograr importantes objetivos de bienestar social”, lo que precisamente se traduce como el “espíritu de Davos”. Con el final de la Guerra Fría y la llegada de la globalización, el Foro se propuso llevar ese espíritu al resto del mundo. Sin embargo, el tono del encuentro ha pasado de uno optimista en los años de la Pax Americana, a otro de mayor cautela, propio de un mundo multipolar.

Los empresarios tendrán que lidiar con un complejo contexto político internacional

El término “capitalismo democrático” se ha puesto en boga, tanto por los enormes beneficios que ha traído como por la crisis en que vive. Al caer la Cortina de Hierro, un notable académico estadounidense llegó a proclamar el “fin de la historia”, ya que tanto el capitalismo como la democracia se habían erigido en los mejores y últimos sistemas económicos y políticos. Sin embargo, el principal comentarista económico del Financial Times, Martin Wolf, ha declarado que, ante el crecimiento de la desigualdad social, la democracia se ha visto bajo creciente presión de movimientos autoritarios. No resulta raro que desde el S. XVIII la principal preocupación del padre de la economía, Adam Smith, fuese la concentración de capital, y que los Founding Fathers norteamericanos desconfiasen de la “tiranía de la mayoría”, ideando por ello un sistema de pesos y contrapesos políticos. Para salvar al capitalismo democrático, la iniciativa privada tiene un papel sumamente relevante que jugar, resumido en el término stakeholder capitalism. Acuñado en el Foro de Davos en 1973, este invita a “alentar a los gerentes de las corporaciones a crear valor a largo plazo involucrando a todas las partes interesadas para abordar importantes prioridades sociales”.

Es decir, las empresas no solo deben generar utilidades, sino también deben involucrarse para mejorar el ecosistema que precisamente les permite desarrollarse y ser exitosas.

La globalización continuará si el capitalismo democrático persiste. Sin embargo, si las desigualdades imperan, podríamos ver un proceso de de-globalización. Ha sucedido: “el habitante de Londres podría ordenar por teléfono, bebiendo su té de la mañana en la cama, los diversos productos de toda la tierra, en la cantidad que pueda considerar, y razonablemente esperar su entrega temprana en su puerta…” dijo en su momento el gran economista británico John Maynard Keynes, reflexionando sobre el estado del mundo anterior a la Primera Guerra Mundial. Tuvieron que pasar alrededor de cien años para que el comercio internacional recuperase los niveles de principios del S. XX. Hoy en día, la globalización no solo se encuentra bajo presión por la desigualdad social, sino también por la creciente complejidad geopolítica. El concepto de seguridad nacional ha tomado nuevamente un papel central, surgiendo por ello esquemas de comercio internacional como el reshoring, nearshoring y friendshoring. Su finalidad es lograr cadenas de suministro más seguras y sostenibles. Y no es para menos.

Occidente creía que, al incorporar a las grandes autocracias de Rusia y China a las instituciones globales, estas adoptarían sus valores y se democratizarían. Sin embargo, no solo no ha ocurrido, sino que se han incrementado las tensiones geopolíticas y los agravios históricos. Por una parte, Rusia revive su proyecto imperial al proponerse conquistar regiones históricamente bajo su influencia, tratando de alejar de sus fronteras a las potencias occidentales. Por otra parte, China declara que el “núcleo” de sus políticas es la reincorporación de Taiwán, esencial para proyectar poder naval en el Pacífico y obtener el know how de los semiconductores (Taiwán produce el 60 % de estos, y el 90 % de los más avanzados). El 80 % del comercio mundial se realiza por los mares y, sin embargo, países como Rusia y China no solo han dejado de cooperar con Estados Unidos para mantener seguros los carriles de comercio marítimos, sino que desean apropiarse del Mar Negro y el Mar del Sur de China. El diario The Wall Street Journal nos recuerda que la libertad de navegación es una idea relativamente nueva, del S. XVII, y que no fue sino hasta 1945 que se puso en práctica. Surge la pregunta: ¿hemos vivido en una anomalía histórica durante las últimas décadas?

Los empresarios tendrán que lidiar en este complejo contexto político internacional, aunado a los retos propios de nuestra región. Como comenta el intelectual venezolano, Moisés Naím, el imperativo de América Latina consiste en superar el problema de la estabilidad política. Varias son las razones que lo explican: el incumplimiento continuo por parte de los gobiernos, la imposibilidad de muchos mandatarios de retirarse, y el apetito de la población para tener nuevas caras públicas.

De acuerdo con Latinobarómetro 2023, solo el 48 % de los latinoamericanos apoyan la democracia (en 2010 era el 63 %), lo cual explica en parte la llegada de movimientos populistas al poder. Sin embargo, se asoman tres oportunidades que prometen aumentar los niveles de vida de la población y amainar la insatisfacción política: la reestructuración de las cadenas de suministro globales, el creciente apetito por los alimentos (la región es una potencia en producción agropecuaria), y los muchos recursos naturales existentes que resultan indispensables para la transición energética. Este último punto es esencial, ante el reto civilizacional que representa el calentamiento global.

La especie humana tiene existiendo alrededor de 300 mil años, aunque solo fue hace aproximadamente 10 mil años que las primeras civilizaciones humanas surgieron gracias al fin de la Edad de Hielo y la estabilidad del clima. Sin embargo, debido a los combustibles fósiles es que estamos nuevamente cambiando nuestro clima, tanto así, que algunos expertos hablan de un cambio de era: la llegada del Antropoceno, era artificial marcada por los efectos de nuestra especie en el medio ambiente. Un dato es revelador: de acuerdo con la organización World Wildlife Fund (WWF), desde 1970 hasta la fecha casi el 70 % de la fauna salvaje ha desaparecido. Como lo ha documentado el geógrafo de la Universidad de California, Jared Diamond, civilizaciones enteras han colapsado a lo largo de nuestra historia debido al cambio climático y los cataclismos ecológicos causados por el humano. En el centro siempre se encontró el problema de la acción colectiva, es decir, la coordinación de acciones para enfrentar un problema común.

Evitar el colapso y coordinarnos sigue siendo

el gran desafío, aunque, ahora, a escala global.

¿Nos encontramos ante lo que el Foro denomina policrisis -crisis simultáneas que se retroalimentan- o esa ha sido la constante de la humanidad? En el idioma chino, “crisis” es una palabra dual: significa riesgo, pero también oportunidad. Las crisis que enfrenta nuestro país, la región y el mundo son también oportunidades para alcanzar mayores niveles de bienestar.

Porque, a pesar de todo, nunca en la historia humana habíamos alcanzado tales niveles de prosperidad individual y colectiva. El reto de los vivos consiste, nuevamente, en heredarles un mejor mundo a los que vienen detrás de nosotros.

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